Catalina Chervin
Cecilia de Torres LTD. / Reseña en Art Nexus

Por Edward J. Sullivan
Helen Gould Sheppard Professor of the History of Art
Institute of Fine Arts
Department of Art History
Provostial Fellow for the Arts
New York University

El año 2016 fue transcendental para las exposiciones de importantes artistas abstractas en museos y galerías de Nueva York. La retrospectiva de Carmen Herrera se vio en el Museo Whitney, la de Agnes Martin estuvo
en el Guggenheim, y la obra de la pintora afroestadounidense Alma Thomas, menos conocida, aunque no menos significativa, se expuso en el Museo The Studio, en Harlem. A esta lista debemos agregar a Catalina
Chervin. “Atmospheres and Entropy: Works on Paper” [Catalina Chervin. Atmósferas y entropía: obras sobre papel] (curada por Susanna Temkin), en la Galería Cecilia de Torres Fine Art Ltd. Fue una pequeña pero impactante retrospectiva de los logros de la artista durante la última década (aunque algunas piezas habían sido iniciadas ya a finales de la década de los noventa y transformadas a través de los años. Chervin crea con
lentitud y nos da la sensación de que da a conocer los productos de su fértil imaginación con gran cautela y hasta con una cierta renuencia). Aunque nunca antes había expuesto en una galería o en un museo de Manhattan, su arte, no obstante, forma parte de colecciones permanentes tan notables como la del Museo Metropolitano y el Museo Judío. Esta artista argentina nació en la ciudad norteña de Corrientes pero ha residido en Buenos Aires por muchos anos. Trabaja principalmente con carboncillo y tinta sobre papel, aunque en los últimos años se diversificó y empezó a hacer collages a gran escala, en piezas como el Untitled Diptych [Díptico sin título], de 2014-16, que sugieren las dimensiones de un mural o un muro de palimpsesto de una zona urbana cubierto con los desechos de avisos publicitarios, grafitis y marcas casuales, para insinuar el paso del tiempo y la inexorable ansiedad de la existencia.

Como alguien que durante mucho tiempo ha seguido de cerca el arte de Catalina Chervin, lo he visto evolucionar en forma sorprendente y satisfactoria desde comienzos de los noventa. En 2012, Marietta Mautner Markhof, curadora de la Colección Gráfica Albertina (Viena) escribió que “Desde que [Chervin] se liberó de la imaginación surrealista, ha trabajado con determinación para esclarecer y ampliar sus capacidades de transformar un proceso de experiencia sensual en una forma visual”1. Esta escritora se refiere a que, en sus comienzos, a la artista le atraían las figuras torturadas, tal vez inspirada por el arte de pintores renacentistas del norte de Europa como Pieter Brueghel y Hieronymus Bosch. En las décadas de los ochenta y los noventa, Chervin realizó muchos dibujos magistrales en tinta y al carboncillo que evocaban el cuerpo adolorido, dando la idea de huesos, tendones, fibras y formas vegetales de figuras humanoides en evidentes contorsiones de agonía. Indicios de la ansiedad de la condición humana y eventos angustiosos de consecuencias mucho más catastróficas como el Holocausto (la artista es descendiente de judíos rusos que emigraron a Argentina), rondan su obra de ese periodo. Sin embargo, yo no relacionaría su arte temprano con ninguno de los movimientos que se desarrollaron en las Américas a finales de los treinta y los cuarenta, que estaban directamente asociados con las peregrinaciones de los surrealistas europeos al Nuevo Mundo. La imaginación de Catalina Chervin es demasiado independiente para estar sujeta a las a veces obvias directrices de la estética surrealista. En cambio, en su arte de la era anterior al 2000, la artista creó un lenguaje privado, propio, de trauma y desazón, que evoca angustia de aprensión colectiva olvidada hace mucho tiempo.

En la nueva obra expuesta en Cecilia de Torres, Chervin se concentró mucho más que antes en las posibilidades de la línea y la forma. Aunque su arte es prácticamente monocromática, ella a veces emplea colores en forma sutil. En composiciones dominadas por líneas y formas blancas y negras que giran y se tuercen, introduce de vez en cuando una pequeña zona de aguada amarilla o, en otros casos, una pequeña gota de rojo sangre. Estos toques de color no contienen ninguna referencia explícita a un tema en particular ni
le dan un mensaje al espectador. Son, en efecto, indicios de rebelión contra el blanco y el negro dominantes, advertencias de que notas discordantes pueden invadir siempre las consistentes tonalidades de sus dibujos.
En algunas de sus piezas más grandes se realzaba el grosor del papel de estraza, o se destacaba la densidad de su textura, debido a que la artista raspó con una cuchilla partes de la superficie. Dentro del marco de una
masa de líneas y formas entrecruzadas, ella creó lo que parecían ser grietas y fisuras de la superficie, lo que le daba a la obra una impresión cuasi geológica, como si hubiera sido desgastada por el implacable paso del
tiempo. Esto era muy notorio en el gran collage sin título ilustrado aquí, en el que con las muchas capas y secciones en collage de la obra se introdujo una sensibilidad escultórica. Su arte está claramente dirigido hacia una mayor abstracción y experimentación con formas y superficies. El juego de vacíos y sólidos constituye no tanto una técnica como una estrategia estética. Chervin está interesada en crear su propia arquitectura visual y un paisaje de luz y sombra, en el que su fértil imaginación funcione y hacia el que quiere atraer la atención de sus espectadores.

NOTA

En el catálogo de la exposición “Catalina Chervin. As I Breathe” [Catalina Chervin. Mientras respiro] (Berlín: Lempertz, 2012), p. 5

 

 

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