SIN TiTULO

Joshua Halberstam (2020)

Los exquisitos dibujos de Catalina Chervin nos llaman a mirar, a mirar con atención la obra de arte… a acercarnos, a dar un paso atrás para volver a acercarnos. El observador minucioso oscila entre enfocarse en los trazos intrincados y diminutos o en las grandes imágenes que ellos conforman. En la obra de Chervin, ambos tipos de atención son necesarios; en verdad, cada uno requiere del otro.

En cierto modo, los filamentos fibrosos de Chervin se remontan al legado de la
micrografía, tradición iniciada por los escribas masoréticos de Tiberíades en el siglo IX. La producción de caligramas para los textos bíblicos, la representación de las diminutas letras hebreas, permitieron a los escribas embellecer las escrituras mediante imágenes sin violar la prohibición del segundo mandamiento sobre la representación expresada en grabados. Más tarde, la micrografía hebrea se enriqueció con la ornamentación arquitectónica y decorativa proveniente del mundo musulmán (recordemos aquí que, en la Edad Media, el 90% de los judíos habitaban tierras islámicas). Sin embargo, la micrografía como forma de arte judío no refiere solo a sus orígenes, sino que ha tenido una existencia permanente. Legada de un escriba a otro, de generación en generación, se extendió desde Israel y Egipto hacia el sur hasta Yemen y hacia el norte penetrando en Europa, incorporándose con el correr del tiempo a los documentos judíos tradicionales como el contrato matrimonial (la Ketubah) hasta el presente.

Si bien las redes compuestas por marcas entrelazadas de Chervin no resultan en textos reconocibles ni involucran el alfabeto hebreo —aunque esto a veces queda sugerido en algunas de sus obras— el legado micrográfico es claramente visible. Por cierto, sus dibujos llevan la tradición a un territorio original. Las diminutas líneas no permanecen aisladas sino que se entrecruzan y cierran círculos entre sí, zigzagueando y tejiendo texturas a la vez crudas y delicadas. Los efectos sorprendentes que producen evocan la tradición mística de la micrografía: la cábala. Tiberíades no fue solo el lugar de origen de la micrografía, sino también el manantial de una tradición mística en la cual la veneración del alfabeto hebreo, la forma de los caracteres, y su equivalente numerológico resulta esencial, como se evidencia en su frecuente utilización micrográfica. Los dibujos de Chervin refieren a esta tradición no exclusivamente por su minuciosa atención al detalle, sino por el énfasis cabalístico en la interacción entre lo denso y lo delicado, la oscuridad y la luz.

Los elementos sombríos de la historia familiar y personal de la artista  proporcionan un trasfondo relevante a las tensiones más oscuras de las zonas condensadas en sus obras. Estas marcas individuales, apenas perceptibles por separado, se unen en una suma cuyo resultado es más que las partes, como para recordarnos que la magnitud de una injusticia histórica a menudo se compone de tragedias individuales, cada una de las cuales constituye una historia en sí misma. Al mismo tiempo, un grupo de líneas precisas cercanas las unas a las otras también convergen para producir un efecto de gracia y elegancia extraordinarias. Aunque los detalles diminutos de los dibujos de Catalina Chervin se remontan a la antigua tradición micrográfica, los distingue el llamado imperioso de alejarse unos pasos para estudiarlos, descifrarlos, e introducirlos en el campo del arte contemporáneo. No dejamos de asombrarnos al ver cómo las líneas delicadamente forjadas y los espacios que las acompañan logran capturar tal  multiplicidad de perspectivas y estados de ánimo. Se trata de algo muy especial: la celebración de una determinación y diligencia que son, a un tiempo, cautivadoras por su seriedad y magníficas por su refinamiento.


 

 

 
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